lunes, 27 de julio de 2009

BARBIE

Acababa de regresar de almorzar cuando sonó el teléfono. Al levantar el auricular me sorprendió escuchar una voz hablándome en castellano al otro lado de la línea.

-"Buenas tardes, se encuentra el señor Roger Martínez Baumann
-Si, soy yo , respondí.
-Que bien , que bueno que te encuentro, me llamo Romy, es decir Carlos Zevallos y soy amigo de Barbie
- ¿De quien?
-De Roberto Loli
-Sí, claro.., Barbie. ¿Qué le pasa?
-La mataron Roger … la mataron a la Barbie...

La voz que me hablaba sonaba llorosa y recién reparé en su tono afeminado. No podía creer lo que me contaba... la policía había encontrado su cuerpo acuchillado en un motel la madrugada del viernes. ( hacía cuatro días), …el cadáver seguía en la morgue sin nadie que lo reclame, ...su familia no quería saber nada .. sus amigos no tenían dinero para enterrarla...

-Barbie y yo éramos muy amigas, ella siempre me hablaba de ti, de su Ken así te llamaba..., no sé si te acuerdas pero cuando viniste ella nos presentó en su salón.

-Si, si me acuerdo.( en ese instante recordé la escena en el salón de belleza, rodeado de hombres vestidos como mujeres, en medio de un ambiente que me pareció insoportable. Jamás entendí como Roberto había podido llegar a eso)

-El caso es que, como te dije, la pobre estaba en la ruina, ya ni siquiera tenía el salón, sus amigas estamos juntando dinero para sacarla de la morgue y hacerle un entierro decente, pobrecita ..ella no se merecía acabar así. Era tan buena.. Por eso te llamé Roger , encontré tu número en su agenda y pensé que podrías ayudarnos...tu sabes aquí ninguna tiene plata, la situación esta bien fregada...

- Claro, claro, te entiendo.. ¿Tienes una cuenta en el banco?

-Sí, es de mi mamí, pero igual puedo usarla...

-Dame el número y te mando algo de dinero …Salgo para Lima tan pronto como pueda, así que si falta, cuando llegue me piden no más ¿esta bien?

Anoté el número y me despedí. De inmediato llamé al banco y transferí 2,000 marcos. Luego, averigüé cual sería la forma más rápida de llegar al Perú. Dos horas después tomé el tren para Frankfurt y allí un avión hacia Lima.

Mientras volaba pensaba en Roberto. Él y yo crecimos juntos, éramos amigos incluso desde antes de ir al colegio. Siempre fue especial... no le gustaban los juegos de niños ni tampoco el fútbol. Sus hermanos mayores siempre lo molestaban y por eso el pasaba la mayor parte del tiempo en mi casa …soñaba con tener una muñeca Barbie, como las que tenía Claudia mi hermana mayor sobre la cómoda. Para él Barbie simbolizaba todo lo que el hubiera querido ser si hubiera nacido mujer... A veces, cuando Claudia salía, el se escabullía en su cuarto, tomaba las muñecas y les cambiaba los vestidos, las peinaba y arreglaba mientras creaba historias románticas que me iba contando al mismo tiempo que las representaba y que invariablemente concluían con Barbie casándose con Ken. Otras veces, se ponía la ropa de Claudia, zapatos de tacón y maquillaje y decía que era Barbie, y que a mi me tocaba ser Ken.

Yo también me sentía diferente , tenía mucho más en común con Roberto que con los demás niños pero me esforzaba porque no lo notaran. Por momentos me molestaban sus jueguitos y hubiera querido que saliéramos a jugar al fútbol o a montar bicicleta como los otros , pero lo quería demasiado para apartarme de él.

Cuando crecimos nuestros juegos fueron adquiriendo matices abiertamente sexuales. El me masturbaba o me hacía sexo oral, ;yo también quería hacérselo pero casi nunca me dejaba.

Roberto era un chico muy guapo, alto, delgado, de rasgos suaves. Sus ojos azules eran realmente bonitos...todos lo decían. De hecho habían muchas chicas que hubieran dado cualquier cosa porque el se fijara en ellas...

En algunas ocasiones cuando se molestaba conmigo,(por ejemplo cuando me negaba a tener sexo si estaba vestido de mujer) me decía que yo era un tonto , que me la pasaba practicando deportes, haciendo pesas sólo para que los demás no se dieran cuenta que en realidad era tan maricón como él. Otras veces decía que no, que yo estaba destinado a ser su hombre .. que el iba a ser mi mujer ,que seríamos una pareja, como Barbie y Ken.

Cuando terminamos el colegio y postulamos a la universidad ,el ingresó a Derecho, y yo a Educación Física. La verdad es que Roberto era muy inteligente...

Fueron los mejores momentos los que pasamos entonces. Como mis padres que estaban jubilados, se habían retirado a vivir en la casa de Chaclacayo, y mi hermana ya estaba casada , teníamos el departamento de Miraflores para los dos solos . En la intimidad seguíamos con el viejo juego de Barbie y Ken pero frente a todos nos comportábamos con mucha discreción, para evitar habladurías.

Sin embargo ,yo notaba que el no se sentía completamente feliz . Comenzó a frecuentar amigos a los que les gustaba travestirse y salir a la calle en busca de aventuras sexuales, algunos incluso vivían a tiempo completo disfrazados de mujer .

Sus notas en la universidad dejaron de ser buenas, tuvo problemas con su familia debido a su actitud cada vez más evidente y finalmente estalló. Les dijo a todos que era homosexual que, en realidad, hubiera preferido ser mujer. Su padre lo golpeó y lo arrojó de la casa. Su confesión me afectó también pero tuve mejor suerte. Mis padres lo tomaran con relativa calma aunque me exigieron que me alejara de Roberto y me fuera a Alemania a continuar mis estudios.

Estuve en Europa 3 años. Nos escribíamos y nos llamábamos con frecuencia sin embargo, el nunca dijo nada de lo que había estado haciendo. Cuando volví, ya completamente asumido como gay, es decir como un hombre al que le gustan los hombres, lo encontré totalmente transformado. Se había colocado implantes de silicona, tomaba hormonas y se había dejado crecer el pelo muy largo. Los amigos a los que me presentó, travestis como ella, la llamaban Barbie. Se había alejado completamente de su familia y tenía un salón de belleza.

Intentamos reanudar lo nuestro pero no pude, yo necesitaba a un hombre como pareja no al remedo de mujer en que Roberto se había convertido. Opté por regresar a Alemania y abrir un gimnasio junto con unos amigos a los que había conocido en la Universidad....

…El pelo largo y rubio lucía cuidadosamente peinado, una gran cantidad de maquillaje lograba disimular la lividez del rostro. Tenía puesto un vestido rojo que remarcaba su busto imposible.

Sus amigas se habían esmerado porque se viera linda durante el velorio. Parece que el dinero que les mandé les ayudó mucho y me lo agradecieron sinceramente. De verdad parecía una muñeca, una muñeca en su caja de cartón y celofán, una Barbie fría y rígida (como la verdadera), una Barbie que había sido rota en una noche triste en un motel perdido, una Barbie para la cual no habría un final feliz al lado de Ken...

sábado, 11 de abril de 2009

LOS OJOS DEL DERVICHE


Emprendí nuevamente el camino, mi camino, con la primera luz del sol. Avanzaba rumbo al sur y al oeste por una senda entre las montañas del Cáucaso cuando, en la entrada de una cueva, vi a un anciano sentado que me llamaba agitando sus manos huesudas. Me acerqué a él con algún temor y pude notar que vestía un viejo hábito de derviche, tenía una barba larga que alguna vez debió ser rubia y ojos brillantes y claros. Pidió que me acomodara a su lado y luego me interrogó: “¿Adónde te diriges joven viajero?”, “A la ciudad del Sultán”, respondí, “Debo presentarme a la corte para ser instruido como paje”. “Entonces, noble muchacho – agregó con un temblor en la voz – detente un momento por favor y escucha con atención, pues siento que la muerte se acerca y es preciso que revele a alguien mi secreto. Pero antes, invoquemos juntos a Alá, para que guíe mi memoria y abra tus oídos a la verdad:

En el nombre de Dios el clemente, el misericordioso

Alabado sea Dios, Señor de los Mundos,

el Dadivoso, el Misericordioso

Señor del Día del Juicio

A ti te servimos y a ti pedimos ayuda

guiados por la buena senda

por la senda de los que has bendecido

no de aquellos que te han agraviado

no de aquellos que se han extraviado

Han transcurridos muchos años, muchos más de los que tu tienes ahora joven viajero pero, todavía puedo verlo , como si mis viejos y cansados ojos lo hubieran visto todo ayer..."

Reclinado sobre cojines de seda, comiendo dátiles y bebiendo vino de miel, Selim el poderoso sultán, descansa esa tarde en su palacio. A su alrededor, una multitud de sirvientes están prestos a cumplir su mínimo deseo y frente a él varias decenas de odaliscas y acróbatas realizan danzas exóticas.

Los antepasados de Selim edificaron un poderoso imperio, que se extiende desde las montañas heladas hasta los desiertos áridos y desde el camino de la seda hasta las columnas de Hércules. Llevaron la Yidah por todas partes, sometieron pueblos y naciones y ahora ,el nuevo portador de la espada de Osmán, puede gozar en su palacio de los frutos de ese magnífico esfuerzo.

Las arcas del tesoro rebozan de oro y joyas, el ejército mantiene el país bajo control y en el serallo 400 concubinas lo esperan. Selim se siente afortunado, en especial porque desde hace unos veinte años goza del placer incomparable que le proporciona su favorita, la Sultana, una bella mujer cuyos ojos tienen el color del mar y cuyo pelo brilla como el Sol. Ella vino del país de los bosques y los lagos, donde cae la nieve.

Pero el tiempo ha dejado su huella y el cuerpo suave y firme, la piel blanca y el cutis terso ya son cada vez más un recuerdo que un presente en las noches de la alcoba real. No hay otras mujeres rubias ni de ojos azules en el Serallo, él se lo prometió a su amada y ha cumplido desde entonces su palabra. Por eso sólo sueña en la belleza que se escapa de sus manos y le duele más que perder la mitad de sus tesoros.

El Gran Visir Ibrahim se acerca al Sultán y haciendo una reverencia le dice:

- Oh luz de los creyentes, custodio de la verdad revelada, ha llegado desde el país de los bosques y lagos una comitiva trayendo obsequios para su majestad.

Selim ordena que ingresen. Muchos esclavos portan los obsequios: ámbar, pieles, resinas olorosas y astas de venado hermosamente talladas. Luego, entra un grupo de mujeres entre las cuales el Sultán escogerá nuevas concubinas para el Serallo. Y finalmente un grupo de jóvenes príncipes del país sometido, que recibirán en el palacio la educación que habrá de convertirlos en buenos musulmanes y les servirá para dedicar su vida al servicio del Gran Monarca.

Selim observa los regalos y manda sean enviados a los depósitos del Palacio. Luego escoge a algunas de las mujeres, que son conducidas al lugar donde pasarán el resto de sus vidas esperando la visita nocturna del Sultán. A las demás las obsequia al Gran Visir y otros miembros del diván. Y entonces sus ojos se fijan en el Príncipe Grygor. Es el hijo del rey de su país, muerto hace unos años cuando los victoriosos ejércitos de Selim conquistaron la tierra de los bosques y los lagos. No es más que un adolescente pero sus ojos del color del cielo de la mañana y sus rizos dorados como el trigo maduro llaman la atención del monarca. Por alguna razón ve en él la belleza que la Sultana ha perdido y siente deseos de tocar su cuerpo blanco y suave y de recuperar con el muchacho la pasión que un día le dio la mujer con ojos de mar y cabello de sol. Nada se lo prohibe y decide que esa noche el jovencito será llevado a sus aposentos.

Grygor y sus compañeros son conducidos fuera del biram hacia una de las alas del palacio. A cada uno le es asignada una habitación pequeña pero cómoda.

Ya en su alcoba el Príncipe de los ojos azules y los rizos dorados se tiende en su habitación a descansar. Han sido más de dos meses de viaje, primero por los anchos ríos de su patria y luego por el mar hasta llegar a Istambul. Extraña su tierra ,sus bosques, sus lagos y extraña a su madre y a sus hermanas. Ellas están ahora recluidas en un monasterio, único lugar seguro para las mujeres cristianas en una tierra constantemente asolada por los ejércitos del Sultán.

Unas horas después unos sirvientes despiertan a Grygor y lo conducen hacia un amplio salón en medio del cual hay una hermosa pileta de azulejos hacia la cual el agua cae por la boca de dos leones de bronce. Los sirvientes ayudan al príncipe a desnudarse e ingresar en el agua que está tibia y perfumada. El baño es placentero y al terminar, el joven es ungido con aceites olorosos y vestido con un caftán de seda blanca, bellamente bordado.

Grygor se siente muy bien, relajado y con apetito. En ese momento le ofrecen varias fuentes con frutas y una infusión aromática de delicado sabor. Satisfecha su hambre, otros sirvientes conducen al príncipe, pero no de regreso a su habitación, sino a través de un jardín lleno de plantas exóticas y fuentes que producen un agradable murmullo, hacia la zona más privada del palacio, las habitaciones del Sultán.

Mientras pasa por el jardín, desde el Serallo, unos ojos azules como el mar, observan a Grigor a través de las celosías y se tornan oscuros como el océano en una tempestad.

El joven príncipe se encuentra sorprendido por el lujo que ve a su paso. Comparado con esto el palacio de su padre parece la miserable covacha de un mujik.

Llegan a la habitación del Sultán custodiada por enormes eunucos de piel oscura, tan oscura como Grygor jamás ha visto.

El joven es conducido al interior y lo dejan solo. La cámara es enorme, las paredes azules están cubiertas por tapices de Persia bordados con seda representando alegorías de la conquista de los diferentes países que conforman el Imperio. El suelo lo recubre una mullida alfombra. Hay muchos muebles, jarrones y gran número de cojines muy suaves, rellenos de pluma. Al centro, rodeada de cortinas de gasa con hilos de oro y cubierta por sábanas de satén, la enorme cama en donde el poderoso Padisha pasa sus noches gozando del placer que se desviven por darle su favorita y cualquiera de las otras muchas mujeres de su harem.

Grigor no se explica que hace él allí. --Pronto lo sabrá mi joven viajero y a partir de ese momento su vida cambiará para siempre--. De pronto, empieza a sentirse mareado, las cosas giran a su alrededor y no puede controlar las ganas de reír...

Entonces, Selim hace su ingreso, es alto, moreno, de complexión robusta y viste con gran ostentación: lleva un caftán de color verde bordado con hilos de oro, sus babuchas de seda llevan perlas lo mismo que el turbante. En la cintura porta una espada enjoyada.

Grigor lo ve y siente miedo pero no atina a hacer nada. El bebedizo que ingirió ha anulado su voluntad, está indefenso. Las manos del Sultán tocan el pelo del muchacho, acarician sus bucles. Luego abre el caftán y lo desnuda. Ahora acaricia su pecho sintiéndolo firme y suave, luego hace lo mismo con sus nalgas.

El joven príncipe, entre las nubes que la droga ha arrojado sobre su mente, se da cuenta de lo que está pasando y quiere escapar, defenderse. Es inútil. Selim obtiene con él todo el placer que ha deseado. Mientras lo acaricia, lo besa y se regocija en su cuerpo, el Sultán piensa en Jediyah, la Sultana, y en la belleza que tenía el día en que por primera vez la hizo suya siendo tan joven como el muchachito que hoy tiene en sus brazos.

Habiendo complacido sus sentidos, Selim ordena que Grigor sea devuelto a su cuarto y el príncipe es transportado hasta allí, donde se le deja dormir.

Al día siguiente el muchacho cuyos ojos tienen el color del cielo despierta y no puede contener el llanto.

¿Por qué tenía que hacerme esto a mi?- se pregunta sollozando.

¿No bastaba con haber matado a mi padre y haberme arrancado de mi país para obligarme a abrazar una religión que no es la mía? ¿También tenía que ultrajarme, robarme mi dignidad? ¿Qué voy a hacer ahora? Ya ni siquiera soy un hombre...preferiría estar muerto.

Grigor llora y llora recordando con horror y asco las manos del Sultán sobre su cuerpo, su boca besando su espalda. Se siente sucio. Realmente quiere morir

Entonces llega hasta su habitación un grupo de eunucos servidores de la Sultana y lo conducen a una sala anexa al Serallo.

En la sala, discretamente decorada, lo espera Jediyah, cubierta con un velo de seda negro que sólo deja ver sus ojos azules. Grigor se para ante ella con la cabeza gacha, humillado.

La sultana ordena a los eunucos que salgan y sólo quedan en la habitación dos de ellos, sordos y con la lengua cortada, que observan la situación.

- Realmente eres un muchacho hermoso- dice la Sultana expresándose en la lengua materna del príncipe, que es también la suya. Grigor está sorprendido al oír su idioma y mira a Jediyah con ojos de asombro.

- No te sorprendas mi bello príncipe. Tú y yo venimos de las mismas tierras. Antes de que el Sultán me llamara Jediyah, que significa Regalo de Dios, mi nombre era Olga. Hace más de veinte años fui raptada y traída a Estambul como obsequio para el Sultán. El quedó tan prendado de mi belleza que me tomó por esposa. Yo le he dado un hijo, que será su heredero. Esa será mi venganza, por haber sido raptada y obligada a dejar la fe de mis padres. Darle un hijo que seré su sucesor. Y yo creo que la hora de que mi hijo Murad se convierta en Sultán ha llegado. Para eso cuento con tu ayuda.

- ¿Cómo podría ayudar yo buena señora? Yo que ya ni siquiera soy un hombre, que me he convertido en la más vil criatura luego de ser usado por el Sultán para satisfacer una pasión desviada.

- Precisamente, mi hermoso príncipe, cuento con las desviadas pasiones de Selim para llevar a cabo mi plan. Tú has de convertirte en lo que él más desee. Yo sé que es esclavo de su lujuria y que, si sabemos hacerlo, sentirá por ti la misma pasión desenfrenada que un día sintió por mí.

- No entiendo Señora.

- No te preocupes...te lo explicaré.

La Sultana habla con Grygor por largo rato y después lo hace llevar nuevamente a su habitación. Tras la conversación, el rostro del príncipe cambia, en sus ojos ya no se refleja el cielo de la mañana sino el brillo del acero.

El día transcurre para Grygor y los otros jóvenes que vinieron con él, escuchando a los ulemas que los instruyen en el conocimiento de la nueva fe,hasta que llega la noche.

Se repite entonces el ritual del baño y la cena, sólo que en esta oportunidad el príncipe tiene buen cuidado de no beber la infusión. Más bien la derrama, sin que los sirvientes se den cuenta.

Grygor se hace el dormido y vuelve a ser llevado a la habitación del Sultán, pero una vez allí, ya no es presa de la desesperación sino que lo espera sobre la cama, desnudo y cubierto por un velo negro traslúcido que le había dado la Sultana.

Cuando Selim entra y lo ve, siente que la pasión se enciende en él, por eso se arroja sobre el muchacho que se deja acariciar e incluso pone de su parte para que el placer del Sultán llegue hasta el máximo.

Esa noche Grigor se queda durmiendo al lado del Sultán que no deja de acariciarlo y llamarlo entre sueños “Jediyah...”

Al día siguiente cuando llegó a su habitación, el príncipe encontró varios caftanes de seda, babuchas de piel y algunas joyas. Obsequio del Padisha, le dijeron.

Al parecer el plan de la Sultana empezaba a funcionar. Pasan los días y Grigor comparte las noches de Selim con frecuencia y, al día siguiente, invariablemente, recibe obsequios. La situación se hace notoria en el Palacio. Sus compañeros que estudian con él para convertirse en “icoglan”, pajes del Gran Señor, se burlan. Dicen que no debería usar los lujosos trajes que el Sultán le obsequia sino cubrirse con un chador y vivir en el serallo. Grygor calla y sufre las ofensas en silencio,

Pero algo más pasa. El Gran Visir se muestra preocupado. Ya antes el Sultán había tenido favoritos, pero sólo se divertía con ellos un par de veces, luego los olvidaba y los convertía en pajes. Si tenían suerte ocupaban algún cargo administrativo ya sea en el Palacio o en provincias. Si no, les esperaba la cárcel o la muerte. Pero esta vez eran ya varios meses los que Selim continuaba obsesionado con aquel jovencito, al que había puesto por nombre Djingor, es decir ojos de ángel, y que ya gozaba de bastante poder tanto en el enderum como en el birum. Lo peor era que la Sultana Jadiyah no hacía nada para librarse del favorito como había hecho otras veces. “Algo malo va a pasar”- pensó Ibrahim.

Semanas y meses siguen transcurriendo y la situación no varía. Grygor ha logrado ganar la confianza del Sultán, lo cual provoca recelos entre los visires y una gran enemistad de parte de los pajes de la corte.

Llega entonces la noticia de que el Sha de Persia ha desatado la guerra en Mesopotamia. Es preciso enviar un ejército para castigar al monarca herético. Selim convoca a los jenízaros, los mejores y más temibles guerreros del islam.

-¡PADISHAIM CHOK TASHA!

-¡Viva largo tiempo el Sultán!- gritan los soldados al recibir la visita del Sultán en sus cuarteles. Ellos saben que una guerra significa mayor paga y un gran botín si logran tomar alguna de las ricas ciudades de Irán. Todos están listos a partir.

Selim no sabe si encabezar el ejército o ponerlo bajo las órdenes del Gran Visir. Pide consejo al Gran Mufti, máxima autoridad religiosa del Imperio y éste le recomienda que envíe a Ibrahim.

Así pues, el Gran Visir Ibrahim parte de Istambul a la cabeza de un gran ejército que marchará a través de Anatolia, rumbo a las disputadas tierras al norte del Eúfrates. Con los preparativos para la guerra el Gran Señor ha estado muy ocupado y no ha tenido tiempo para divertirse con su favorito así que, la noche del día siguiente a la partida de Ibrahim y sus huestes, lo manda llamar. Grygor espera al Sultán tendido sobre el satén del gran lecho. Su cabello rubio está más largo y los bucles le caen a ambos lados. Ha crecido y su cuerpo cada vez es menos el de un niño.

- Mi tiempo se está acabando. El Sultán pronto se cansará de mí. Esta noche concluiré el plan y demostraré que a pesar de haber sido usado como una vil prostituta, todavía soy un hombre- piensa Grigor, poco antes de ver a Selim entrando a la habitación.

Nuevamente las caricias, y en la mente del Sultán el cuerpo de Djingor se transforma en el de Jediyah desatando su pasión y exaltando su deseo.

Luego del éxtasis viene el sueño y Selim descansa abrazando a Grygor. El muchacho se levanta sigiloso y se aparta del lecho. Ve entonces la enjoyada espada del Sultán que dentro de su vaina está colocada sobre una cómoda. Sin demora la toma, la desenfunda y con toda su rabia y humillación contenidas descarga un golpe certero en la garganta del monarca. La sangre tiñe el satén, la seda y el brocado. El cuerpo de Selim se retuerce violentamente en sus últimos estertores y Grygor se siente vengado. Sus ojos, que eran como el cielo, reflejan ahora las llamas del infierno. Ve con placer el fluído rojo caer en el piso, manchar las alfombras, salpicar los tapices. Permanece así un rato y se da cuenta de que nadie ha notado lo que ha hecho y por lo tanto puede escapar. Se escurre por la ventana que da al jardín, lo atraviesa y desaparece. No en vano ha vivido más de un año en el Palacio. Lo conoce muy bien.

Horas después un paje entra a la habitación del Sultán y encuentra la sangrienta escena. Los gritos recorren el palacio. Hay confusión. Llaman al Gran Mufti, a los visires...por cada rincón se busca al asesino.

En el Serallo hay llanto pero Jediyah no siente pena, al contrario, sus ojos brillan como el mar en calma bajo el sol de mediodía. Y va a buscar a su hijo Murad.

Del palacio han partido mensajeros para alcanzar al Gran Visir y pedirle que regrese a Istambul.

Nadie sabe bien qué hacer, pero entonces aparece Murad y asumiendo su papel de nuevo soberano con la mayor naturalidad, pone todo en orden.

“¡A partir de hoy el Imperio tiene un nuevo gobernante, Sultán y Califa, sucesor de Osmán y custodio de la verdadera fé. ¡ Viva largo tiempo el Sultán!

Las palabras del Gran Mufti resuenan en la magna Cámara Imperial. Los visires se inclinan ante Murad y lo mismo hace el resto de la corte.

Nadie encontró a Grygor. Por orden del nuevo sultán son ejecutados todos los sirvientes personales de Selim. Nadie debe saber que su padre fue asesinado por un muchachito con él que se divertía en la cama.

Temiendo por su vida los que sabían la verdad la olvidan. Alá quiso que el Sultán muriera mientras dormía, eso es lo único cierto y lo que el pueblo sabrá.

El anciano ermitaño que me ha contado esta historia calla de repente.

¿Qué pasó con Murad, con Jediyah, con Ibrahim y sobre todo con Grygor? interrogo desesperado y veo que los ojos del derviche se quedan fijos mirando al cielo cuyo color reflejan, miro sus labios moverse, me acerco para oír sus palabras y lo último que me dice es:

!ALLAH KERIM¡ Sólo Dios lo sabe!

Jorge Alberto Chávez Reyes

1996 - 2001

domingo, 5 de octubre de 2008

EL OTRO LADO

--1--


Cada día se le hacía más difícil despertar; al llegar la mañana todavía se sentía cansado a pesar de que dormía más de lo normal. Por eso tuvo que juntar los últimos gramos de energía que le quedaban para ponerse de pie.

Sus ojos notaron algo raro, una claridad desconocida llenaba la habitación a pesar que las persianas estaban cerradas. Parecía que fuera verano, cerca del mediodía pero no, eran las 7:30 de un día anónimo ( ¿tal vez Jueves? ), a mitad del invierno. No le dio mayor importancia , caminó arrastrando los pies hasta la ducha, giró la llave y maldijo, como lo hacía siempre que se levantaba tarde. Agua fría. Maldijo de nuevo, esta vez al "Programa de racionalización del consumo de energía" que significaba tener electricidad --y, por tanto agua caliente--sólo hasta las 7 de la mañana.

El chorro frío lo desperezó por completo, se enjabonó como pudo, se enjuagó muy rápido y salió tiritando. Parado frente al espejo descubrió una cana furtiva y algunas líneas rojas añadidas sobre el blanco amarillento de sus ojos. Una afeitada veloz, casi en seco y empezó a vestirse. Tenía poco de donde escoger y no perdió tiempo en decidirse y quedar listo para salir, pero antes, el desayuno-

Una taza de café, dos rebanadas de pan y una salchicha. Ahora si, estaba preparado para otro día, rodando cuesta abajo en la rutina.

Tomó su bicicleta y bajó cargándola tres pisos por las escaleras. Abrió la puerta que daba ala calle y quedó paralizado.

No estaba, parecía increíble pero NO ESTABA. Se restregó los ojos. No, no era una ilusión, tampoco era que lo hubieran pintado del mismo tono gris del cielo .No, simplemente, HABIA DESAPARECIDO.

Un escalofrío le recorrió el cuerpo bajando desde la nuca, alojándose en su estomago, derramándose por sus piernas. ¿Qué había pasado? ¿A dónde se lo habían llevado?. Algo tan grande no se desvanece de repente, de un día para otro porque anoche estaba allí, en su lugar, COMO SIEMPRE.

Alguna vez le había parecido odioso, una presencia incomoda y opresiva pero se le había hecho costumbre verlo ( porque había estado allí toda su vida) y ,casi, le había tomado cariño. Era inevitable después de todo, ya que su presencia se extendía por todas partes y resultaba --de alguna forma inexplicable, tomando en cuenta su apariencia--tranquilizadora.

Y es que, bajo su sombra tenía la sensación de estar seguro, aun que esa misma sombra mantuviera su casa en penumbra, casi todo el día, casi todo el año.

Pero ahora, de improviso, YA NO ESTABA...el muro infinito , amenazador y protector YA NO ESTABA.

Si usaba la razón debía sentirse feliz y, sin embargo no, no se sentía así.


--2--


Ya totalmente convencido de su ausencia sintió curiosidad. Se aventuró a través del espacio vacío que tenía frente a él. Caminó un buen trecho sobre tierra reseca hasta que el suelo comenzó a cubrirse de pasto y de flores, hasta que vio extrañas luces en el horizonte, hasta que tuvo miedo y regresó.

Ni siquiera pensó en ir a trabajar, cargó su bicicleta escaleras arriba y tomó su radio de baterías. Giró la perilla del dial. Nada...tan solo ecos, esos ecos que eran la evidencia que existía algo más allá del muro, al otro lado.

Pasó el día cavilando, poniendo en orden la casa. No había nadie en las calles, ni autos, ni ómnibus, ni trenes. La ciudad sin el muro parecía desnuda, desamparada, muerta.

Las seis de la tarde. ¿Volverá la luz? se preguntó mirando la bombilla que colgaba del techo. El filamento se puso rojizo, amagó apagarse pero retomó fuerzas y adquirió más brillo. Entonces, se abalanzó sobre el televisor. Nada. Unicamente líneas diagonales y ruido de estática.

Se quedó un rato mirando fijamente la pantalla hasta que, sin previo aviso las 525 líneas formaron los rostros desconocidos de una pareja con un aire formal que contradecía la sonrisa que esbozaron en el momento de anunciar, con una inflexión de emoción en sus moduladas voces:

¡¡¡BIENVENIDOS HERMANOS DEL OTRO LADO!!!

El mensaje se repetía también en la radio, acompañado de música que jamás había escuchado y la pantalla se llenó de imágenes de una fiesta que llenaba calles y plazas.

¡¡¡BIENVENIDOS HERMANOS DEL OTRO LADO!!! No se cansaba de repetir la multitud frente a las cámaras.

¿Hermanos? Si hasta ayer éramos desconocidos.

Fue una noche inquieta, insegura, llena de sentimientos ambiguos. Pensó que su madre tenía razón cuando le decía que más vale malo conocido...



--3--

Ahora los dos lados son uno. El espacio vacío que separaba ambos mundos, allí donde estaba el muro también ha desaparecido y su lugar lo ocupa el asfalto lustroso de una autopista de ocho carriles, iluminada y enorme, que abre un camino sin límites que se vislumbren.

Los ecos de antes son la realidad de hoy; no más estática, no más interferencia electrónica. La ciudad, liberada de ataduras, estalla en ofrecimientos, en posibilidades. Nada de "Programas de Racionalización", nada de imposibles, ahora, TODO ES POSIBLE --le dicen.

El viejo edificio que se elevaba en la penumbra del muro se transformó en una brillante torre de cristal y acero, con departamentos llenos de luz que dominan en su altura un panorama fascinante: la urbe que se extiende, aparentemente infinita, como un mar de neón que hipnotiza y seduce entre sonrisas perfectas, cigarrillos a caballo y whisky sobre góndolas.

NO, definitivamente la vida ya no es monótona, la rutina ha desaparecido y ha sido reemplazada por la sensación de nunca saber si lo que hoy fue de un modo lo seguirá siendo mañana.

La soledad nueva es distinta, pero sigue allí, con 900 líneas de alta definición, sonido luminoso y un automóvil lleno de siglas que hace las veces de la bicicleta remota.

Con el sol en la cara o hechizado por los guiños del neón algunas veces se descubre extrañando el viejo muro gris y le parece verlo en la distancia, surgiendo imponente, temiblemente protector, como brazos enormes envolviendo la ciudad, devorando su brillo, devolviéndole la paz de la oscuridad.


--4--

Todavía cansado después de haber dormido más de 8 horas, gira la llave de la ducha y un potente chorro de agua fría le golpea la cara. No puede creerlo. Cierra y vuelve a abrir, luego de asegurase que el interruptor está bien colocado. Agua fría otra vez. ¡La electricidad nunca falla!

Un recuerdo. Corre la cortina y mira hacia la ventana por la puerta entreabierta del baño.

ALLI ESTÁ. Más alto, oscuro y gris, espantosamente familiar, allí está EL MURO. Sale del baño, se acerca a la ventana, y se queda parado, sin moverse, con la mirada fija en la pared infinita, en medio de una habitación en penumbra, tiritando y sonriendo.

jueves, 11 de septiembre de 2008

KIWIS

Dieciocho horas. Un tiempo que parece infinitamente largo para pasarlo metido en un cilindro de aluminio, a no sé cuantos miles de metros encima del Océano Pacífico. Y, sin embargo, esas dieciocho horas se me hacen nada, apenas suficientes para tratar de poner en orden mis ideas, para pensar en lo que voy a hacer y te voy a decir cuando llegue a Auckland.
“Desea tomar algo señor”. ”No todavía, gracias”. ”¿Una almohada?” “Gracias, no...aunque, pensándolo bien ¿me traería un whisky?”

Resulta que, de pronto, hace dos días, soy padre. Es decir, hace casi diez años que lo soy, pero para mí ese era un título inmerecido, casi diría, un accidente en mi pasado. Un cheque dos veces al año, algunas fotografías y postales en Navidad y en tu cumpleaños. Esa era la única relación que había existido entre tú y yo. A veces, luego de tomar unos tragos en el bar o conversando con una amiga comprensiva, mostraba esas fotos y decía, creo que con orgullo, “Esta niñita es hija mía, linda ¿no?”, para luego explicar que vivías muy lejos, con tu madre.

“¡Toño! Ha llegado una carta para ti.”
“Dámela mami...debe ser de mi nueva amiga por correspondencia. ¿Te acuerdas que le escribí hace como un mes?

Y sí, esa era la carta. La enviaba Diane Longwood y venía en un sobre celeste, escrita sobre papel rosado decorado con dibujitos de Sarah Key. Había escogido a Diane en la lista que me envió el I.Y.S., porque teníamos la misma edad, nos gustaba la música y porque quería practicar Inglés.

“¿Dónde queda Nueva Zelandia mami?”
“Ven mira”- dijo mi madre llevándome hacia el mapamundi.
“Aquí es”
“¿ Esa manchita rosada? “Ajá”. “¿Está lejos?” “Sí, al otro lado del mar” “¿ Y el mar es muy grande?,” “Enorme” “¿Y no se puede ir en tu carro?” “No hijo, para llegar a Nueva Zelandia hay que ir en avión.” “ ¡Ah! ¿cómo en esos en los que siempre viaja mi papá?” “Ajá”.

Poco a poco descubrí más sobre ese país lejano. Diane me escribió de los volcanes, de los bosques, el ganado y los kiwis. Sí, ¡los kiwis! Unos pájaros tan raros y a la vez tan especiales. Me envió una fotografía de uno. La hice ampliar y la colgué en mi cuarto. Desde ese momento Diane fue para mí la “niña del kiwi”.

...Me gustan mucho tus cartas Toni. Escribes muy bien (...) Estoy feliz de ser para ti la “niña del kiwi”. Tú eres para mí el muchacho que vive en donde nace el sol. The boy from the rising sun!

Las cartas sirvieron para hacernos muy amigos. Más aún, gracias a ellas surgió un romance entre los dos. Nos contábamos todo. Temores, dudas, penas, alegrías. Cuando le conté que estaba muy triste por la muerte de mi perro "Ralf"--un hermoso collie que me regalaron cuando yo era apenas un bebé--,ella me envió una caja de chocolates y una postal que sólo decía :“Sonríe”. Además de cartas y postales empezamos a intercambiar regalos por “San Valentín”, por Navidad, por nuestro cumpleaños . También fotos y casettes. Hasta inventamos una manera de ponernos en contacto. Fue una idea loca. Se nos ocurrió que un día, a la misma hora (6 de la mañana para mí, 11 de la noche para ella), los dos iríamos a la playa y tocaríamos el agua para así "conectarnos" a través del mar, a cuyas orillas vivíamos. Desvaríos románticos de adolescentes solitarios.

Pero estábamos enamorados. Al menos, eso creíamos. El único problema es que era un amor de papel y sellos postales, un amor a la vez unido y separado por una enorme mancha celeste en los mapas, el Océano Pacífico.

“¡Mamá!” “Sí...¿qué pasa?”, “¡Diane va a venir a Lima!” “¿Cómo?” “Su papá viene a trabajar aquí por un convenio de cooperación...”

Fue la mayor sorpresa de mi vida. Luego de seis años de escribirnos, por fin íbamos a estar frente a frente. Sentí alegría y miedo. “¿Y si no le gusto cuando me vea? Una cosa son las fotos pero...”

El día que nos vimos por primera vez en el aeropuerto, la encontré más bonita de lo que esperaba. A ella -- me dijo después-- yo le parecí guapo, aunque un poco bajo de estatura.
“¿Vas a salir otra vez con Diane?” “Sí mamá”. “Ten cuidado con lo que hagas Toño. Las gringas son más adelantadas que las chicas de aquí” ,”No te preocupes, ella es una chica tranquila, como yo. Además, ¿acaso no confías en tu hijo?” .

En verdad Diane, criada en un pueblo pequeño, era bastante conservadora. Pero, eso no evitó que cierta vez, un día, sus deseos y los míos coincidieran y no pudiéramos detenernos. Aquella vez todas mis fantasías románticas se hicieron realidad con toda la pasión y las ganas que uno tiene a los diecisiete años. Fue mi primera vez, nuestra primera vez. Me hice hombre de la manera más hermosa, que puede haber, con la mujer de quien estaba enamorado.

Luego de aquella vez, hubieron otras. Nuestro romance de papel se volvió un amor que se hacía deseo y buscaba satisfacerse dondequiera que estuviéramos juntos, ya sea en asiento del carro de mi padre, sobre la arena frente al mar, o entre las sábanas de su cuarto, cuando sus padres no estaban.

“¿Qué dijiste?” “Que estoy embarazada” “¿Estás segura?” “El doctor lo confirmó.” “¿Qué vamos a hacer Di ““No sé, tengo miedo. Tengo miedo de papá”. “Yo también. ¿Es verdad lo que cuenta que fue campeón de karate? “ “Sí, pero él no es violento, tú lo conoces”. “Espera que sepa que estás embarazada...”

Echarle la culpa a la inexperiencia de ambos sería tonto. Lo cierto es que se generó un problema y nuestros padres pensaron que la única solución era el matrimonio. Nosotros aceptamos felices, pensamos que con el amor que nos teníamos sería suficiente para empezar una vida juntos, jugando a ser adultos.

No voy a contarte lo que pasó después que nos casamos, basta decir que fue una mala idea haberlo hecho. Siete años de amor por correspondencia se derrumbaron en unos meses. Yo no estaba preparado para asumir esa responsabilidad. Creo que tu madre tampoco.

Poco después que tu nacieras, ingresé a la universidad --por suerte no necesitaba trabajar-- y me sentí un bicho raro. Era el único “cachimbo”( así le decimos aquí a los estudiantes recién ingresados) que usaba un aro matrimonial y ni siquiera era mayor de edad. Luego, el único entre el grupo de amigos al que el llanto de su hija no lo dejaba estudiar. Descubrí defectos en la que hasta entonces había sido mi amiga perfecta, ella se dio cuenta de los míos. Lo acepto. Yo era un niño mimado quizás por ser hijo único. Era--soy-- una persona con la que es difícil convivir. Hay que decirlo, puse muy poco de mi parte para que nuestro matrimonio funcionara. Tendrías algo más de un año y medio cuando decidimos-- por nosotros mismos --, que lo mejor era separarnos. Diane volvió a Nueva Zelandia y yo, con alivio, me quité el anillo y olvidé --o por lo menos traté sinceramente de hacerlo-- todo el asunto.

A partir de entonces, huí de todo compromiso, de toda responsabilidad. Ya lo he dicho hija, tú eras para mí sólo una imagen distante. Sentía, siento, amor por ti . Pero, otra vez, un amor de papel y estampillas.

“¡Carta para Toño!”
“¿De dónde?”
“De la Embajada de Nueva Zelandia”.
“¿Qué?... Dámela”.

Cartas, cartas. Han resultado tan importantes en mi vida. Esta última me comunicaba la muerte, en un accidente, de tu madre y tus abuelos. Fue algo que jamás hubiera imaginado. Me quedé petrificado con la carta en la mano. En realidad todavía no he podido aceptarlo, me encuentro en una especie de trance. No puedo, no quiero, creer que la niña del kiwi, la de los dibujitos de Sarah Kay, la chica pelirroja, pecosa y alta que vi hace años en el aeropuerto de Lima, esté muerta. Tal vez resulte tonto decirlo ahora, pero fue la única mujer que he amado y me parece que solamente estuve esperando el momento correcto para volver a su lado. No debí esperar tanto ... la distancia entre ella y yo es ahora más grande que el Océano Pacífico, más grande que todas las manchas azules en todos los mapamundis...

Me pregunto que habría pasado si tu madre y yo hubiéramos seguido juntos, o que hubiera sentido de haberla vuelto a ver, si hubiera hecho el viaje que postergué tantas veces porque me parecía que todavía no estaba listo.

Ya no es posible pensar en lo que hubiera sido, voy a tener que ser el padre que no fui de ahora en adelante. Voy a tener que conocerte y tu vas a tener que conocerme.

Hija, siempre me ha sido más fácil escribir que hablar. Todavía no sé si te voy a dar estas líneas que he garabateado en el avión. La idea fue que me sirvieran de ensayo. Tienes la edad que tenía Diane cuando empezó nuestra amistad postal. Ahora tú eres la nueva “niña del kiwi” y yo, viajo desde donde nace el sol, al otro lado de una gran mancha azul, para encontrarte.

(escrito en 1996 )

jueves, 28 de agosto de 2008

PLENILUNIO

La primera vez que lo ví, iba corriendo sobre la arena detrás de una pelota, con el pelo revuelto por la brisa que soplaba desde el mar y la espalda y las mejillas enrojecidas por el sol. Me llamó la atención porque era el más alto de los muchachitos que jugaban aquella tarde en la playa y, aparentemente, también el mayor de aquel bullicioso grupo de niños y adolescentes que llegaba cada tarde hasta la playa, frente al hotel en donde mi madre y yo veraneábamos ese año.
Me quedé un rato parado en la vereda, mirando como si me interesara el desarrollo del partido de fútbol que se jugaba sobre la arena, pero en realidad mis ojos seguían únicamente sus movimientos. Recuerdo que era un día de marzo, como a las cinco de la tarde y que la luna había decidido dejarse ver más temprano y flotaba como una nube redonda en el cielo. Su cuerpo delgado, con brazos y piernas muy largos, su risa fácil y la espontaneidad de sus gritos, me parecieron en ese momento el símbolo de la juventud a la que estaba a punto de renunciar cuando me casara y me convirtiera definitivamente en un adulto. Pero además, su cuerpo lampiño que mezclaba la fragilidad del niño con la fuerza del macho en plenitud me fascinaba de una manera que se parecía cada vez más, al deseo.
De pronto, mientras seguía yo observándolo, su mirada se encontró con la mía por un par de segundos. Sus ojos eran de un extraño color, entre pardo y verde, muy parecidos al color de las aguas del mar cercano. Me asusté -- porque pensé que podría darse cuenta de lo que estaba sintiendo-- y miré hacia otro lado. El, sin embargo, pareció darse cuenta de mi turbación y sonrió, con una sonrisa que dibujó una pícara mueca en sus labios, haciendo aparecer unos graciosos hoyuelos sobre sus mejillas.
Decidí que lo mejor era que no siguiera más tiempo parado allí, y continué mi camino hacia la agencia de transportes a donde Claudia debería haber estado por llegar. Fui analizando lo que me había pasado. ¿Qué había visto en él? ¿Acaso me había visto a mi mismo, cuando no tenía ninguna responsabilidad y todo lo que importaba eran los amigos y el mar ? ¿Es que ese chiquillo simbolizaba la libertad que se terminaría cuando me casara con Claudia? o ¿me engañaba y lo que sentí al verlo había sido deseo?... No, no era la primera vez que la belleza masculina me despertaba extrañas sensaciones. Cuando era un niño, me había pasado horas contemplando a Flavio, el tablista de cabello dorado y eternamente bronceado que corría olas en cerca al Muelle Uno. Bajaba a verlo cada tarde después del colegio y nunca supe bien porqué. Y luego, mientras estudiaba en la Universidad, me las había arreglado para tener tiempo de practicar escalada en roca, sólo por estar a lado de Jorge, con su cara de niño grande y su cuerpo delgado y fibroso, disfrutando de la tosca e indudablemente masculina intimidad que había surgido entre nosotros. Sin embargo, nunca había pasado nada y ellos jamás se enteraron de mis confusos sentimientos.
Para no sentirme mal, traté de olvidar lo que había pasado con ese muchacho-- después de todo sólo había sido una mirada-- y me puse a esperar en la agencia. Como dijeron que el ómnibus llegaría con retraso, me fui a dar una vuelta por la plaza de armas y el mercado. Iba caminando por una de las calles llenas de vendedores ambulantes cuando lo vi otra vez. Llevaba un polo blanco muy amplio y unos shorts hechos de un jean cortado. Su pelo castaño, suavemente ondulado, lucía mojado y ordenado debajo de una gorra. Iba comiendo chicharrones de calamar de un plato descartable. Me detuve a la entrada de una tienda con la intención de verlo pasar sin que se diera cuenta. El parecía caminar sin mirar a ningún lado pero, justo cuando pasaba a dos metros de mi por la calzada, se detuvo, me miró directamente a los ojos y me dijo ¡Hola!. Fue tan sorpresivo que no atiné a responder y el repitió ¡Hola! Para agregar unos segundos después "Te vi en la playa". Su voz tenía esa mezcla ambigua de graves y agudos típica de la adolescencia. No supe que hacer, intenté decir algo, las palabras se negaban a subir por mi garganta. "Me llamo Ronald" continuó mientras mordía un pedazo de calamar frito al que había untado previamente en mayonesa. Con un esfuerzo enorme, logré decir casi balbuceando "Mi nombre es Víctor...eh...es un gusto conocerte" y le ofrecí la mano. El, se limpió los dedos sobre el bolsillo posterior de su short y me dio un fuerte apretón de manos acompañado de un inexplicable guiño de ojos. Luego agregó :
"¿Qué haces en el pueblo?".
"Estoy de vacaciones"
"¿Vienes de Lima?
"Si, estoy en el Hotel Las Brisas"
"Ah!, por eso estabas en la tarde en la playa, ¿cuando llegaste?
"Hace tres días"
Habíamos empezado a caminar uno al lado del otro por la calle cuyas aceras estaban cubiertas de vendedores de ropa, artículos de plástico y comida, que en ese momento empezaban a encender sus linternas porque el sol ya se ocultaba en el horizonte y el cielo se iba pareciendo cada vez más a un carbón encendido con trazos de rojo y negro, que iluminaban a contraluz el contorno de los edificios y dibujaban a nuestra derecha las torres de la iglesia matriz.
Se calló por un instante y luego dijo:
"Me estabas mirando en la playa ¿verdad?"
"No...este...si...pero..."
"No te preocupes, nadie se dio cuenta...sólo yo" añadió mientras volvía a guiñar el ojo y tomaba brevemente mi brazo.
"Es...es que...me parece que juegas muy bien al fútbol" dije, tratando de justificarme de alguna manera.
"Me gustaría ser futbolista...así podría irme a Lima y ganar mucho dinero"
"¿Qué haces aquí?"
"Todavía estoy en el cole. Este año entro a quinto"
"Ah.."
"Y tu ¿qué haces? ¿buscas jugadores para algún Club? Replicó con un toque de ironía.
"No...soy abogado"
"¿Y dónde trabajas?"
"En un Banco"
"¡Que bien!, debes tener plata entonces"
En ese momento pensé que podía querer robarme. Pasábamos por una calle bastante oscura, con pocos vendedores , detrás del mercado y yo llevaba una buena cantidad de dinero en el bolsillo. Soy más fuerte que el pensé pero ¿y si tiene un arma?. No me imagino donde podría ocultarla. A menos que fuera una chaveta y la tuviera en el bolsillo. No, no tiene cara de ladrón. Aunque si lo vieras en Lima, creerías sin duda que es un "pirañita". No debí decirle que tengo dinero. Debemos volver a la plaza.¡ Claudia!, su carro ya debe haber llegado.
"No te asustes Víctor...no voy a robarte"
"Yo no pensé..."
"Pusiste una cara..."
"Bueno, creo que tengo que volver a la plaza. Ya debe estar por llegar el carro de mi novia"
"¿Tienes novia?"
"Si, nos casamos dentro de dos meses. Ella vino para descansar un poco antes del matrimonio"
"Ah!"
"Bueno...creo que debemos despedirnos"
" ¿Puedo pedirte una cosa?" dijo con una sonrisa entre angelical y maliciosa
"¿Qué?"
"Invítame un vaso de chicha...tengo sed"
Nos acercamos a una de las vendedoras y compré un vaso de chicha morada. El siguió a mi lado hasta llegar a la plaza. El ómnibus estaba allí y pude notar que Claudia y su madre miraban desde la puerta de la agencia. Me dirigí hacia ellas. Ronald se detuvo y dijo como despedida "Nos vemos...mañana, a las cinco...en la playa".


Eran las cinco y diez. Ronald estaba sentado en un muro medio derruido, al lado de una de las escaleras que bajaban a la playa. Me vio y me pasó la voz.
"¿Qué hiciste hoy todo el día? , fue lo primero que me dijo.
Le conté del paseo en lancha, de la indisposición de mi madre y le dije que tenía que comprar una botella grande de agua mineral.
"Vamos. Aquí cerca hay una tienda grande"
¿Y tú? ¿No jugaste al fútbol hoy?
"Si, más temprano "
"¿Y tus amigos?"
"Por ahí, vagando"
"¿Por qué querías verme?"
"No sé...porque me caes bien creo". Su voz adquirió un tono aniñado en esa última frase y al decirla bajó los ojos y se puso a jugar con el borde de su polo, levantándolo lo suficiente para dejar ver por un instante una tímida línea de vello que bajaba desde su ombligo y se perdía en la cintura elástica de su short verde olivo.
En ese momento sentí por primera vez unas enormes ganas de verlo completamente desnudo, de pasar mis manos sobre su vientre liso, de besar su pecho de formas apenas insinuadas.
Compré el agua y regresamos al hotel. Me contó que a pocas cuadras de allí había una feria, con juegos mecánicos y esas cosas y me dijo para ir.
"No sé"
"¡Vamos!"
"Voy a ver"
"Mira, regreso a las seis y media. Si no estás, bueno pues, caballero. Ya nos vemos otro día. ¿Esta bien? "
"Bien"
Subí, mi madre se sentía mejor y conversamos un rato. Luego, fui a buscar a Claudia y le dije si quería salir a ver la feria. Me dijo que estaba cansada, que iba a dormir hasta la hora de comer. " pero, si quieras, anda a dar una vuelta por allí. Yo sé que a ti te gustan esas cosas".
A las seis y veinticinco bajé . Ronald estaba frente a la puerta. Se veía recién bañado, muy bien peinado y con la ropa perfectamente limpia. Incluso olía a jabón.
"¿Vamos la feria?"
"Si"
Era más o menos la misma hora en que nos habíamos encontrado cerca del mercado el día anterior pero esta vez caminábamos por el malecón y el crepúsculo nos ofrecía un soberbio espectáculo. El mar se había teñido de rojo y dorado, el cielo de violeta y naranja. Todo a nuestro alrededor parecía una película filmada con filtro ámbar, el muelle, las gaviotas, la poca gente que se iba dejando la arena vacía aunque llena de bolsas y botellas. En los restoranes con frente al mar, la gente bebía cerveza formando alegres y bulliciosos grupos y se dejaba escuchar una mezcla confusa de ritmos que iban de la tecnocumbia a los boleros. Seguimos caminando y el malecón terminó. Continuamos nuestro camino por una calle que bordeaba el farallón que servía de límite a la playa . A los pocos metros, se empezó a escuchar la música típica de la feria de pueblo y también pude ver, no muy lejos, las luces que dibujaban las características siluetas de los juegos mecánicos.
Habíamos hablado muy poco pero yo no podía dejar de mirarlo. Su perfil dibujado contra la luz en fuga resultaba adorable. Una nariz suavemente respingada, labios gruesos y rojos, siempre entreabiertos como anhelando un beso que no llegaba y sus ojos reflejando como un espejo todos los tonos del ocaso .
En ese camino no había nadie. Por un lado, estaban las enormes rocas negras, cubiertas de musgo y excremento de gaviota, por el otro, una larga pared de ladrillo que formaba parte del terreno cercado para un siempre futuro estadio municipal. De trecho en trecho habían montículos de basura.
En mi interior pensé que era una pena haber dejado atrás el maravilloso escenario del malecón. Entonces, de pronto, me tomó la mano y se detuvo.
"¿Qué pasa" pregunté
"Nada" respondió y se acercó hasta que nuestros cuerpos se tocaron.
Lo abracé contra mi pecho, pasé mi mano por su pelo y lo besé. Respondió con pasión, con una intensidad que no esperaba. Mis manos acariciaban su espalda por debajo del polo, mientras el deslizaba las suyas por mi cintura luego de haberme soltado la correa. Nunca había hecho lo que hacía, ni siquiera me había atrevido a soñarlo. Flavio y Jorge habían sido objetos de un deseo sin forma, pero ahora con Ronald, con ese chiquillo al que le doblaba la edad, ese deseo tomaba forma y ya no podía controlarlo.



Seguimos viéndonos cada día durante una semana. Cuando se acercaba la hora de verlo --el era siempre el que decidía la hora-- mi mente trabajaba a máximas revoluciones para inventar una excusa y todo mi cuerpo se tensaba y calentaba a la espera de nuestro encuentro. Y luego, de regreso en el hotel, me sentía sucio, tenía remordimientos, y las pesadillas no me dejaban dormir. Mi madre se daba cuenta de mi sufrimiento, también Claudia y ambas trataron de hacerme sentir mejor diciéndome que no me preocupe del futuro, que todo iba a salir muy bien. Pero yo ya no podía más y estallé.
Les dije todo, les dije que siempre había sentido deseo por otros hombres y que hacía unos días por fin había hecho realidad esos deseos y había tenido sexo con un muchacho del pueblo. Les dije que me había gustado, que estaba seguro que eso era lo que quería. No les dije que ese muchacho con el que había tenido sexo era casi un niño, no les expliqué nada más y salí corriendo del hotel.
Después de lo que había dicho, después de ver las lagrimas en el rostro de Claudia y el dolor callado de mi madre, mientras caminaba por el malecón en medio de la gente que iba y venía, de los vendedores de helados y el barullo de los niños y las aves, me di cuenta que ya no había marcha atrás, que había llegado a un punto de quiebre y mi vida ya no sería como estaba planeada, ya no habría iglesia con flores , ni fiesta con Danubio Azul, ni habría viaje de luna de miel por Europa; me di cuenta que ahora me enfrentaba solo a un mundo que me era desconocido. Y todo por un chiquillo, por un adolescente que había despertado mis deseos dormidos y me había hecho ver la verdad de quien yo era. Ahora entendía porqué siempre había sentido que algo faltaba en las relaciones que tuve con mujeres, porqué a Claudia --con todo lo buena que era-- jamás pude sentirla como mi complemento, como mi pareja. Yo necesitaba el cuerpo y el alma de otro hombre para ser feliz, mi único posible complemento era masculino. Pero ¿tenía algún futuro con él? Si sus padres se enteraban de lo que había pasado entre nosotros yo podría ir a la cárcel...me había convertido en un corruptor de menores, en un monstruo. No sabía que hacer, me daba miedo pensar en mi mismo como un homosexual, como un pedófilo. Deambulé por el pueblo toda la noche hasta que amaneció. A esa hora tomé un ómnibus que me llevó a la capital departamental. Allí me registré en un hotel, me bañe y logré dormir. Al despertar, estaba decidido a arriesgarlo todo, a llevármelo a Lima y a vivir con él. Alquilé un auto y volví al pueblo. Mi madre , Claudia y su madre habían regresado a Lima. No me importó demasiado, sólo esperaba la hora de volver a ver a Ronald, al caer la tarde.
Mientras lo esperaba me di cuenta lo poco que en realidad sabía sobre él. Habíamos hablado de sus sueños, de lo mucho que le gusta el mar y las noches de luna llena, pero no sabía donde o con quien vivía, ni siquiera conocía su apellido. Pensé hacerle todas esas preguntas tan pronto lo viera.



¿Y? ¿Qué hay?
La verdad, anoche pasaron muchas cosas
¿Qué? ¿Algo malo?
Si y no...les dije todo a Claudia y a mi madre.
Todo ¿qué?
Les dije que me gustaban los hombres, que tu me gustabas
¿Qué? ¿porqué hiciste eso? ¿No te ibas a casar?
No me importó nada...te quiero, quiero que vengas a Lima conmigo
Sus ojos se iluminaron al oír mis palabras, pero pude notar una ligera mueca de tristeza en su rostro.
Subimos al auto que había alquilado y fuimos hasta una playa un poco lejana del pueblo. Por ratos se comportaba como un niño, totalmente emocionado por la velocidad, alentándome a arriesgarme en las curvas. Hicimos una fogata y pasamos la noche en la playa, haciendo planes sobre como sería todo cuando nos fuéramos a Lima. Sus padres tendrían que darme un poder para inscribirlo en un colegio y para que no hubieran problemas, por eso no debían sospechar. El me dijo que no habría problema, que el les diría que iba a trabajar conmigo. Alquilaría un departamento, mi madre nunca aceptaría que viviera con él en nuestra casa, les diríamos a los vecinos que era mi sobrino. Saldríamos al cine, a la playa , lo pasaríamos muy bien todos los días. La verdad, jamás me sentí tan entusiasmado cuando hacía planes con Claudia sobre nuestra futura vida de casados.
Al amanecer regresamos y el se despidió en el malecón, como siempre, y se fue caminando hacia el farallón, por la ruta que llevaba al parque de diversiones.
Me quedé mirándolo mientras se alejaba, al despedirnos había vuelto a ver en su cara esa mueca de tristeza. Mientras el sol iba llegando hasta el mar, su imagen se fue desvaneciendo como si estuviera hecho de luz y se disolviera en la claridad que lo invadía todo.
Quedamos de vernos por la tarde, a la cinco como siempre, pero jamás llegó. Lo esperé por horas y entre desilusionado y preocupado empecé a preguntar por el. Los vendedores del malecón me dijeron que no lo habían visto ese día. Pregunté si conocían por donde vivía, pero me dijeron que no sabían, que era nuevo, que había llegado al pueblo hacia apenas una semana. Pensé entonces que el único lugar en donde podrían saber de el, era el parque de diversiones y allí acudí. Fui hasta la carpa del circo, esa noche si había función. Me acerqué al propietario y le pregunté por un chico que--según creía-- dormía en la carpa, seguramente para cuidarla. Me dijo que hacía una semana un chico le había pedido quedarse algunas noches porque no tenía donde dormir. A el le había caído bien y se lo permitió pero ayer por la tarde, agregó, le dijo que tenía que irse y se marchó.
No podía creer que me hubiera ilusionado tanto, que hubiera hechos tantos planes y que todo se terminara así. Seguí buscando, preguntando, indagando por varios días pero finalmente me convencí que Ronald había sido una ilusión, el producto de un hechizo, una criatura que nació del amor entre el mar y la luna que había sido enviado hasta mi, sólo para hacerme ver cual era realmente mi camino.


Han pasado ya varios años desde entonces, ahora vivo en otro país, con un hombre a quien realmente amo. Es más joven que yo, pero no un adolescente. Sin embargo, cada año, en Marzo, vuelvo al Perú y viajo hasta aquel pueblo . En las noches de luna llena me quedo mirando el mar hasta que amanece, con la esperanza que algún día Ronald aparezca de nuevo frente a mi

AUFWIEDERSEHEN!!

Karlheinz te dijo que entre dos personas que se quieren ninguna separación es para siempre , que en realidad no existen los adioses porque toda despedida no es otra cosa que un simple hasta la vista. Por eso se despidió de ti con un aufwiedersehen, con un hasta la vista.

Gibt es keine lebewohl, Alle abschied ist immer nur aufwiedersehen repitió mientras te rodeaba con sus brazos y tu hubieras querido quedarte pero sabias que tenías que partir.

Pensaste que el estaba equivocado pensaste que si existen adioses que no son hasta la vista . Lebewohl!, ¡Adíos! , dijiste y estabas seguro que en cuanto subieras a aquel avión te irías de Alemania para siempre y que en Köln , y Emdem se quedarían tus recuerdos, los malos y los buenos. Porque a partir de entonces nunca tuviste 18 o 19 años, nunca, a pesar que juraste que los tendrías para siempre.

Por eso no respondiste sus cartas, por eso jamás se lo contaste a nadie y sin embargo Karlheinz no estaba equivocado y aquí estas otra vez en el tren que te lleva de Frankfurt a Köln , y ya puedes ver las torres del Dom elevándose como puntiagudos brazos de piedra listos para abrazarte y darte la bienvenida, como si todo hubiera sido ayer y no hace 15 años, sin hacerte preguntas con un simple y coloquial wie geht’s?.

Hubieras querido negarte pero no podías defraudar las esperanzas de esa gente después que habías alentados sus sueños. ¿Quien iba a decir que los únicos interesados en financiar el proyecto iban a ser alemanes y que te invitarían a reunirte con ellos justamente en Köln?, ¿No podía haber sido en München o en Kaiserlautern, en cualquier otra parte?.

El tren se ha detenido, tomas tu equipaje ( dos años de mochilear por Europa te enseñaron a viajar siempre ligero) y la ciudad de los reyes magos te recibe con su sol pálido de otoño.

Vas a buscar un hotel, no de lujo pero si decente, muy distinto del desván en el que Steve y tu vivían en donde hacía frío y había que caminar agachado para no golpearse la cabeza con las vigas.

Ya estás instalado, son las 10 de la mañana y la reunión esta programada para las 5 de la tarde . No puedes dejarte atrapar por los recuerdos, debes concentrarte en las cifras , verificar que no hayan problemas en la presentación que preparaste. No puedes dejarte atrapar.. debes distraerte, hacer algo... ¡claro! enciende el televisor.

Eso es tener mala suerte (¿o quizás no?) justo tenían que pasar un viejo programa de Musikladen con Nana Moskouri cantando en el auditorio de Trans-Tel, allí donde fuiste una vez con Steve y la viste a ella y a Limahl .No, definitivamente no vas a poder escapar de los recuerdos así que mejor vuelve al la ciudad vieja, camina por el mercado griego , entra a los cafetines de los turcos, siente el olor de los “yiros” , tómate una kölsh., y sumérgete en la ciudad y en tus recuerdos ,enfrenta tus miedos de una vez ...es lo mejor..

Las calles han cambiado poco, pero tu quieres verlas distintas. Mírate en la vidriera de esa panadería. ¿A qué le temes? ¿Crees factible acaso que uno de los inversionistas pudiera reconocerte?. Sin duda es posible que a más de uno le guste levantarse jovencitos los viernes por la noche detrás del banhof pero en el improbable evento que alguna vez te hubiera visto o hubieras subido a su BMW, ¿se acordaría de ti? ¿de ti entre tantos muchachos de piel morena sobre los que alguna vez puso sus manos rollizas y pecosas con olor a tabaco, a los que alguna vez besó con sus labios que tenían sabor a cerveza y salchichas? . Mírate ya no tienes 19 años , has perdido pelo y ganado peso. No hay razón para preocuparse.

Pero no, no es eso a lo que más le temes, lo que más temes es al recuerdo de Steve y de Karlheinz, al recuerdo de cuando fuiste capaz de amar y de entregarte, al recuerdo de quien fuiste y ya no eres... o, quizás temes descubrir que todavía lo sigues siendo, detrás del disfraz que te pusiste el día en que--mientras el avión cruzaba el Atlántico-- decidiste que nada de lo que pasó en Alemania realmente pasó, e inventaste una nueva historia en la que tu viaje por Europa fue sólo para recorrer catedrales y museos, una historia en la que trabajabas lavando platos y nunca descubriste la verdad sobre ti mismo.

Si, eso era.. has pasado quince años metido en tu disfraz y ahora descubres que aquí, en la calle que pasa detrás del banhof, ese disfraz ya no te sirve. A esta hora sólo hay gente entrando y saliendo y algunos taxis esperando pasajeros pero no puedes evitar volver a ver a Steve, buscando alguien que le pague 100 marcos por un polvo, 100 marcos que usará para comprar heroína y a pesar que no debías, te has vuelto a enamorar de él.

El amor no tiene lógica ¿por qué te tenías que enamorar de él, inglés de madre jamaiquina, heroinómano e indiferente?. Nunca lo sabrás, pero lo que si sabes es que empezaste a quererlo desde que te sonrió en el tren esa noche en que te sentías solo y triste luchando con deseos que no te atrevías a reconocer . El te hizo conocer la fascinación de lo sórdido, te sedujo , te mostró el placer y luego te enseñó a cobrar 200 marcos por hacerle el amor a hombres viejos que conducían Mercedes o BMWs y olían a cuero mojado, hombres que buscaban en tu piel bronceada la fantasía de tierras cálidas en donde los incas bailaban flamenco y cantaban cielito lindo. Si, Steve te hizo conocer el amor, pero también sacó lo peor de ti.

Estamos a mitad de Octubre pero para ti es como si una vez más hubiera llegado Diciembre y vieras la primera nieve en tu vida y sintieras una terrible nostalgia de la mesa llena en casa del abuelo, de los regalos y del verano. Porque hacía frío y nada se parecía a las postales, ni a los programas navideños de Donni y Mary. Además, Steve se había ido y el frío mezclado con soledad era todavía más insoportable. No tenias dinero porque cuando la Navidad se acerca nadie quiere sentirse pecador y los autos no pasan en las noches por detrás de la estación. Dabas vueltas por las ferias aprovechando el vino caliente que reparten gratis y mientras escuchabas el eco lejano de Oh Tannenbaum, parado en una esquina cerca de la Iglesia de San Martín, un auto se detuvo y conseguiste dinero para pagar el gas y comprar algo de comer. Dos días después, justo en la Nochebuena, Steve volvió y compartieron una cena de Navidad compuesta de café y yiros en el restaurante de un turco, junto con tres dominicanos , un chileno y dos ecuatorianos.

A pesar de todo te sentiste feliz y le creíste cuando te dijo que te amaba y te pidió tus últimos 20 marcos para comprar chocolate y pan para el desayuno. Nunca regresó y sólo volviste a ver su cuerpo inerte por unos instantes antes que la polizei se lo llevara ,cuando te pasaron la voz de que lo habían encontrado muerto en un baño público a dos cuadras del lugar donde vivían , con la jeringa todavía clavada en las venas.

Anduviste días sin saber qué hacer, días en los que hubieras querido morir para no seguir sufriendo . Hasta que te diste cuenta que tenías 19 años y podías darte el lujo de volver a empezar cuando quisieras, de entregarte al placer sin pensar en el mañana. Juraste que no te volverías a enamorar , juraste que serías joven para siempre.

Volviste a la calle y subiste a decenas de autos y pasaste decenas de noches pagadas en decenas de camas.

Y una noche en que escaseaban los autos de lujo, subiste a un Golf más bien modesto y encontraste que el conductor era más joven que todos los otros que te habían recogido. Mi nombre es Rubén le dijiste y el te contestó que se llamaba Karlheinz , ¿cómo el futbolista?, Si, como Rumenighe.

Aquel empleado de banco te agradó desde el principio, pero igual lo trataste como a todos. Jamás te imaginaste que al día siguiente estaría de nuevo allí y luego otra vez y otra, hasta que te invitó a vivir con el y aceptaste . Y luego de dos meses lo enviaron a trabajar a Emdem , y lo seguiste.

Frente al mar del Norte, en un pueblo pequeño, gris y frío fuiste por primera vez realmente feliz con otro hombre, y por primera vez te diste cuenta que ser homosexual podía significar mucho más que sexo.

Nadie te hizo sentir tan seguro, nadie comprendió tan bien tus sueños , por eso nunca pudiste entender porque te dijo que te marcharas si parecía estar tan enamorado y tu habías aprendido a quererlo, casi a amarlo .

Te dijo que debías encontrarte a ti mismo , que lo mejor era que crecieras y maduraras y que allí no podrías hacerlo.

Y te fuiste, con sentimientos confusos , con la certeza de que el amor entre dos hombres no es posible y encerraste tu corazón en una urna que colocaste debajo de una loza tan grande como la que cubre la tumba de los tres reyes magos en el Dom.

Les contaste a todos la historia que inventaste en el avión y regresaste a la universidad y terminaste de estudiar antropología y luego hiciste un postgrado en economía ...

Has pasado quince años sin volver a enamorarte, sin volver a soñar en ser feliz compartiendo tu vida con otra persona, haciendo todo lo posible por olvidarte de Emdem y recordando solo a veces ( cuando la posibilidad de acercarte a otro hombre se presentaba) , a Steve y las noches en las que te prostituías en Köln. Tus sueños ( los otros, los de tu vida profesional) se fueron haciendo reales entre cálculos de ganancias, puntos de equilibrio y el proyecto de explotación de recursos naturales renovables que podrá ser financiados por un grupo de alemanes , si acaso logras convencerlos.

Son casi las cuatro y treinta y aquí estas, listo para seducirlos con cifras y estadísticas como antes lo hacías con tu cuerpo latino que inspiraba fantasías de sol y piñas coladas. Les hablas de las maravillas del proyecto ( en alemán por su puesto) y alimentas sus sueños de ganar dinero, ayudando de paso a los pobres indígenas de la selva sudamericana...

Todos están de acuerdo , has conseguido su dinero y no han sido 200 sino 2 millones de marcos. Se dan las manos y el asesor bancario de los inversionistas te esta esperando en su oficina para cerrar el trato . Y tu no lo sabes, pero él recomendó que aceptaran el proyecto cuando reconoció tu nombre en los papeles que enviaste y ahora espera que te acerques para decirte con la misma sonrisa y la misma mirada con la que se despidió hace 15 años en Frankfurt , que tenía razón cuando te dijo que no existe un adiós definitivo, que toda despedida es siempre un hasta luego... immer nur aufwiedersehen.